Ese vestido que me mata de celos. Su derecho de acariciar tu piel que es mía.
Su seda resbala por tus senos como miel que no puedo probar.
A veces trata de caer completamente, pero los delgados tirantes que mantienes en tus hombros desnudos no dejan que escurra jamás por completo; dejan ver apenas el principio de tus pechos que se asoman por el escote que me hace mirarte como si mis ojos pudieran tocarte.
Atraviesas la velada conversando, provocativa, con todos de nada; me regalas una mirada mientras regresas el tirante a su lugar una vez más. Vuelves bruscamente a la conversación. Odio como te toma de las caderas.
Al fin te sientas a la mesa, me tienes cerca, te inclinas para robar un poco del postre que no quisiste pedir y me muestras por qué ese vestido no se debe usar con sostén.
Trato de acariciarte las piernas, pero aún no puedo distinguir entre la seda y tu piel; insisto, ahora mi hambre es de ti.
Platicas con la anciana que se encuentra sentada al otro lado de la mesa; cruzas la pierna para evitarme pero solo logras que roce tu sexo provocándote un brinquito. Cruzas el brazo presionándote el busto, desenrollaste tus piernas, entrecerraste los ojos fingiendo interés en la plática de aquella mujer, escondiendo el ansia, reprimiéndote.
Salimos apresurados y aceleraste para llegar tan rápido como te fue posible. Bajaste el brazo para meter la llave en la cerradura. Tu tirante resbaló una vez más y te sorprendí por detrás. Mis manos resbalaban por tu cuerpo como lluvia haciéndote el amor. Trataste de volverte, pero ya levantaba tu vestido desde tus piernas, rozando tu vientre; tus brazos se entendieron como crucificada a la puerta. Cayó el vestido del que tantos celos tenía y quedaste desnuda en la calle, en la madrugada…
Sola.
Con un recuerdo.
Y te arrancaste el vestido.
Y te acariciaste los pechos.
Y te excitaba el fantasma de hacerte el amor.
miércoles, 9 de julio de 2008
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